30/12/11

Una siesta de doce años

No sé donde ha sido publicado, pero merece la pena leer este artículo de Pere Capdevila.

Una siesta de doce años'> >>> >>> >>> >>

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> >> Carles Capdevila / Periodista
> >>Educar debe de ser una cosa parecida a espabilar a los niños y frenar a los
> >> adolescentes. Justo lo contrario de lo que hacemos: no es extraño ver
> >> niños de cuatro años con cochecito y chupete hablando por el móvil, ni
> >> tampoco lo es ver algunos de catorce sin hora de volver a casa.
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> >>Lo hemos llamado sobreprotección, pero es la desprotección más absoluta: el
> >> niño llega al insti sin haber ido a comprar una triste barra de pan, justo
> >> cuando un amigo ya se ha pasado a la coca.
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> >>Sorprende que haya tanta literatura médica y psicopedagógica para afrontar
> >> el embarazo, el parto y el primer año de vida, y que exista un vacío que
> >> llega hasta los libros de socorro para padres de adolescentes, esos que
> >> lucen títulos tan sugerentes como Mi hijo me pega o Mi hijo se droga . Los
> >> niños de entre dos y doce años no tienen quien les escriba.
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> >>Desde que abandonan el pañal (¡ya era hora!) hasta que llegan las compresas
> >> (y que duren), desde que los desenganchas del chupete hasta que te hueles
> >> que se han enganchado al tabaco, los padres hacemos una cosa fantástica:
> >> descansamos. Reponemos fuerzas del estrés de haberlos parido y enseñado a
> >> andar y nos desentendemos hasta que toca irlos a buscar de madrugada a la
> >> disco. Ahora que al fin volvemos a poder dormir, y hasta que el miedo al
> >> accidente de moto nos vuelva a desvelar, hacemos una siesta educativa de
> >> diez o doce años .
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> >>Alguien se estremecerá pensando que este período es precisamente el momento
> >> clave para educarlos. Tranquilo, que por algo los llevamos a la escuela. Y
> >> si llegan inmaduros a primero de ESO que nadie sufra, allá los esperan los
> >> colegas de bachillerato que nos los sobreespabilarán en un curso y medio,
> >> máximo dos. Al modelo de padres que sobreprotege a los pequeños y abandona
> >> los adolescentes nadie los podrá acusar de haber fracasado educando a sus
> >> hijos. No lo han intentado siquiera.
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> >>Los maestros hacen algo más que huelga o vacaciones, y la educación es
> >> bastante más que un problema.
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> >>Pido perdón tres veces: por colocar en un título tres palabras tan cursis y
> >> pasadas de moda, por haberlo hecho para hablar de los maestros, y, sobre
> >> todo sobre todo, porque mi idea es -lo siento mucho- hablar bien de ellos.
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> >>Sé que mi doble condición de padre y periodista, tan radical que sus siglas
> >> son PP, me invita a criticarlos por hacer demasiadas vacaciones (como
> >> padre) y me sugiere que hable de temas importantes, como la ley de
> >> educación (es lo mínimo que se le pide a un periodista esta semana).
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> >>Pero estoy harto de que la palabra más utilizada junto a escuela sea
> >> 'fracaso' y delante de educación acostumbre a aparecer siempre el concepto
> >> 'problema', y que 'maestro' suela compartir titular con 'huelga'. La
> >> escuela hace algo más que fracasar, los maestros hacen algo más que hacer
> >> huelga (y vacaciones) y la educación es bastante más que un problema. De
> >> hecho es la única solución, pero esto nos lo tenemos muy callado, por si
> >> acaso.
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> >>Mi proceso, íntimo y personal, ha sido el siguiente: empecé siendo padre, a
> >> partir de mis hijos aprendí a querer el hecho educativo, el trabajo de
> >> criarlos, de encarrilarlos, y, mira por donde, ahora aprecio a los
> >> maestros, mis cómplices. ¿Cómo no he de querer a una gente que se dedica a
> >> educar a mis hijos?
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> >>Por esto me duele que se hable mal por sistema de mis queridos maestros,
> >> que no son todos los que cobran por hacerlo, claro está, sino los que son,
> >> los que suman a la profesión las tres palabras del título, los que
> >> mientras muchos padres se los imaginan en una playa de Hawai están
> >> encerrados en alguna escuela de verano, haciendo formación, buscando
> >> herramientas nuevas, métodos más adecuados.
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> >>Os deseo que aprovechéis estos días para rearmaros moralmente. Porque hace
> >> falta mucha moral para ser maestro. Moral en el sentido de los valores y
> >> moral para afrontar el día a día sin sentir el aprecio y la confianza
> >> imprescindibles. Ni los de la sociedad en general, ni los de los padres
> >> que os transferimos las criaturas pero no la autoridad.
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> >>¿Os imagináis un país que dejara su material más sensible, las criaturas,
> >> en sus años más importantes, de los cero a los dieciséis, y con la misión
> >> más decisiva, formarlos, en manos de unas personas en quienes no confía?
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> >>Las leyes pasan, y las pizarras dejan de ensuciarnos los dedos de tiza para
> >> convertirse en digitales. Pero la fuerza y la influencia de un buen
> >> maestro siempre marcará la diferencia: el que es capaz de colgar la
> >> mochila de un desaliento justificado junto a las mochilas de los alumnos
> >> y, ya liberado de peso, asume de buen humor que no será recordado por lo
> >> que le toca enseñar, sino por lo que aprenderán de él.

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